Sin embargo, esa posición de liderazgo en reservas contrasta con una marcada caída en la producción. A fines de los años noventa, Venezuela producía más de 3 millones de barriles diarios y explicaba el 10% de la producción mundial. Hoy, la producción se ubica por debajo del millón de barriles diarios, tras haber tocado mínimos históricos entre 2020 y 2021.
El quiebre se vuelve evidente a partir de 2013, cuando la producción inicia una tendencia descendente sostenida. Factores como la falta de inversión, el deterioro de la infraestructura, las sanciones internacionales y los problemas operativos de PDVSA explican buena parte de esta dinámica. Aunque en los últimos años se observa una leve recuperación, los niveles actuales siguen muy lejos del potencial que sugieren sus reservas.
En este contexto, el debate sobre la inversión extranjera volvió a cobrar relevancia. Recientemente, el presidente Donald Trump afirmó que «todas nuestras compañías petroleras están listas y deseosas de realizar grandes inversiones en Venezuela que reconstruirán su infraestructura petrolera». Más allá del componente político, el mensaje refuerza una idea central del sector: sin capital, tecnología y reconstrucción de infraestructura, el potencial geológico difícilmente pueda transformarse en producción sostenida.
Los datos de comercio exterior permiten ver con mayor claridad quiénes compran hoy el petróleo venezolano. Según estimaciones de Kpler, Venezuela exportó en 2025 un promedio de 750.000 barriles diarios. De ese total, las refinerías independientes de China absorbieron cerca de 430.000 bpd, consolidándose como el principal destino, de acuerdo con datos de Argus.
Estados Unidos fue el segundo destino de las exportaciones. A través de Chevron, se exportaron alrededor de 200.000 bpd durante 2025, aunque en diciembre ese volumen se redujo a 120.000 bpd debido a problemas operativos en el complejo petroquímico.
El contraste se vuelve aún más visible al comparar con otros países. Estados Unidos, con reservas significativamente menores, logró multiplicar su producción y consolidarse como el principal productor mundial. Brasil, con una curva ascendente y estable, también amplió su oferta en la última década. Argentina, por su parte, mantiene una producción más acotada, aunque con señales de recuperación asociadas al desarrollo no convencional.
Venezuela sigue siendo una potencia petrolera en términos geológicos, pero enfrenta el desafío de traducir ese potencial en producción sostenible y competitiva. La coyuntura política reciente y las señales de interés inversor reabren interrogantes sobre el futuro de su industria petrolera. Aun así, recuperar niveles de producción significativos requerirá reglas claras, inversión sostenida, infraestructura rehabilitada y estabilidad operativa, condiciones que siguen siendo determinantes para el sector.
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